Palabras, palabras, palabras

Polonius: “-What do you read, my lord?”
Hamlet: “-Words, words, words.”
(Hamlet, de William Shakespeare. Acto II, Escena II.)

La economía es la ciencia que transforma la realidad en cifras. La política es el arte de ocultar la realidad y las cifras detrás de las palabras. Palabras, palabras, palabras.

Triscando los dientes de sierra del gráfico del peibé, cualquier economista que se precie se atreve a predecir -que acierte o no, ya es otro cantar- cuándo los números nos sacarán de la lista del paro, cuándo cambiaremos de coche o cuándo podremos vender el piso; surfeando la onda de la prima de riesgo, el ojo del analista experto deduce cuánto bajarán nuestras pensiones, cuántos hospitales habrá que privatizar o cuántas empresas echarán la persiana. Ni la Sibila de Delfos afinó tanto profetizando calamidades, oye. Entre tanto vaticinio y tanto malfario, ¿cómo no van a aparecer luego los políticos para analizar los análisis, camuflar los datos con una costra de maquillaje -sombra aquí, sombra allá- y ahogarnos los sentidos con su verborragia y su hemorragia verbal? Palabras, palabras, palabras.

Los hubo que creían que bastaba con soplar para hacer botellas (“-Dejadme a mí -decían-, que esto lo arreglo yo antes de terminar la mudanza.”), los hay que reclaman otra -¡¡¿otra?!!- oportunidad ‘porque-ahora-sí-sé-cómo-hacerlo’ (infelices: lo que natura non da, Salamanca non presta) y los que continúan haciendo cola junto al escenario sin tener uña de guitarrero (no me imagino la melodía que saldría de aquel instrumento). Y todos, unos y otros, esconden su incapacidad, sus frustraciones y su impericia bajo un rimero de explicaciones, acusaciones, digresiones, justificaciones, imprecaciones y excusas. Palabras, palabras, palabras.

Por muy aceradas que se presenten las cifras (y 6.202.700 es mucho acero), las plumas están derrotando a las espadas, y los discursos -las palabras- bastan para desindignar a los indignados, atemperar los acaloramientos, aletargar los impulsos y desapasionar las pasiones. En el sopor de la letanía, hemos edificado una sociedad crédula y conformista que acepta lo inaceptable, que se deja mecer en la vacuidad del mensaje, que antepone la comodidad a la insumisión, la indolencia a la necesidad y el asentimiento a la irreverencia. Bajo la estridencia del verbo, hemos renunciado a la reflexión y al debate, y hemos pretendido construir supuestas alternativas en base a viejos argumentarios. Palabras, palabras, palabras.

Claro que son necesarias las palabras, pero otras palabras. Se precisan palabras para combatir la resignación y la desesperanza; palabras que sirvan de prólogo a la acción y a los posicionamientos; palabras que sustenten reformas y rupturas.

Palabras que, para no sonar huecas, tienen que salir de otras gargantas.

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Ensayo sobre la ceguera

Luis Bárcenas

«Y porque vea vuestra merced a cuánto se estendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron. […] Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna […]. Sentámonos en un valladar y [el ciego] dijo:
Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas dél tanta parte como yo. Partillo hemos desta manera: tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.
Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance, el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:
-Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres.
-No comí -dije yo-, mas ¿por qué sospecháis eso?
Respondió el sagacísimo ciego:
-¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.»
(La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades)

Confieso, sin ocultar cierto pudor, que me vuelvo más desconfiado con cada nueva cana que peino. Durante años, confié en la gente por encima de mis posibilidades, seguí a Rousseau a pies juntillas –“To’l mundo es güeno”– y me desollé las tragaderas empeñado en engullir muelas de molino como si no hubiera un mañana. Cada vez que un político se subía a un púlpito para jurar su inocencia sobre los evangelios, ahí estaba yo, poniendo a disposición del susodicho cuantas mejillas fueran necesarias. Sin caer en distingos entre reyes y villanos, bastaba un “-Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir” para iluminar las tinieblas y las dudas a golpes de orgullo y satisfacción.
Pero -como Scorsese- un día decidí poner fin a la edad de la inocencia y -como Pablo de Tarso- pasarme al otro lado del mostrador (eso sí: yo me ahorré la caída del caballo y sus consiguientes secuelas). Ahora todo en mí es incredulidad y escepticismo, y no me resisto a despellejar al cabrito hasta desenmascarar al lobo que -maldito Hobbes- todos llevamos dentro. Cautiva y desarmada mi candidez (y puesto que no se pueden escribir grandes verdades utilizando medias tintas), me he convertido en el jefe de los talibán del recelo y la sospecha y, ante el primer desmentido oficial, se me disparan las alarmas antirrobo. En otro momento, me hubiera entretenido en identificar al macho alfa y sus aullidos; hoy no pierdo el tiempo en menudencias y embuto en la chupa de dómine más grasienta posible a todo aquel que asome la nariz por el área pequeña.
Que me convenza el suegro del duque de su propia inocencia. Que demuestre il capo di tutti capi que él se enteró del pufo viendo el telediario. Que exponga sus excusas exculpatorias el torpe aprendiz de Savonarola redivivo que tanto predicó contra la corrupción, el lujo y la depravación. Que lo intente, pero le va a costar. No me refiero al corrupto confeso; sudores le va a costar a su vecino de despacho, de escaño, de negociado, de cama o de camarote redactar un convincente ensayo sobre su ceguera, el único argumento que me haría aceptar que caminan entre la podredumbre sin contaminarse, inmunes a las tentaciones transmutadas en vulgares maletines de piel o en suntuosas bolsas de basura.
Claro que están ciegos, porque quieren estarlo para -como el amo de Lázaro- engullir sin remordimientos las uvas de dos en dos (no sea que el resto de invitados les deje sin banquete) y/o revestir de sinceridad el uniforme de traicionado y afrentado justiciero (aunque nunca superan el nivel de ‘patético vengador cornudo’).
No hay peor ciego que el que no quiere ver. Estos, encima, pretenden conducirnos de oído. Y sin escucharnos.

@JoseLuisArranz

Lágrimas de cocodrilo

Costa del Sol, verano de 2012. Un galán maduro -bastante maduro- de cuidada melena blanca susurra, ante un auditorio selecto, sus tristes confidencias a un micrófono, sin poder reprimir el llanto:
-¿Por qué no he de llorar, si sólo así descanso? No hay penas que sin llanto se puedan soportar.”(1)
No. Aunque lo parezca, no se trata de un senil cantante de boleros en el hotel Puente Romano, sino del otrora conspicuo empresario, constructor e industrial, Rafael Gómez Sánchez, derramando ante el juez las últimas gotas que quedaban en el tarro de su dignidad (“-Lágrimas de hombre, que son más amargas por estar condenadas a nunca brotar.”(2)).
Por vergonzante que pudiera resultar, Sandokán sólo cumple con las obligaciones que le impone su pertenencia al Club del Cocodrilo, una asociación de condenados, acusados, imputados o implicados en corruptelas y tratos con reptiles en la que todos sus ilustres miembros se comprometen -una vez despojados del peso de la púrpura y/o aligerados del peso de sus carteras- a exhibirse sin pudor al público escarnio, luciendo un estudiado rictus de contrición -aliñado con lágrimas, en bastantes casos- y una sensiblera y victimista declaración de inocencia. (“-Me parece una injusticia estar preso, señor juez.”(3)).
El cocodrilo es un animal de naturaleza inmisericorde que atenaza a sus presas, las arrastra al fondo del río, las ahoga y las despedaza. Mientras las devora, el movimiento de sus fauces estimula al mismo tiempo las glándulas salivares y las lacrimales (éstas involuntariamente, por cercanía), hasta provocar el falso llanto. Lágrimas fingidas que no alcanzan a diluir el regusto salado de la sangre aún caliente.
Igual que a Rafael Gómez, hemos visto llorar a muchos cocodrilos. Ángel Acebes, Antonio Barrientos, Teddy Bautista, José Blanco, Francisco Camps, Mario Conde, Francisco Correa, José María del Nido, Gerardo Díaz Ferrán, Jorge Dorribo, José María Enríquez, Carlos Fabra, Antonio Fernández, Francisco Javier Guerrero, Jaume Matas, María Antonia Munar, Julián Muñoz, Isabel Pantoja, Oriol Pujol, Rodrigo Rato, Francisco Javier Raventós, José Antonio Roca, Antonio Rodrigo Torrijos, José María Ruiz Mateos, Antonio Tirado, Iñaki Urdangarín (¡uf!, ¡me ahogo!)… cada uno de ellos ha elevado al cielo sus cuitas y sus lamentos (“-Cada cual en este mundo cuenta el cuento a su manera.”(4)) sin revelar -eso nunca- el paradero del botín que le haga rememorar los días de vino y rosas (“-Con lágrimas de sangre pude comprar la gloria.”(5)) y le haga olvidar la amargura de la soledad, el desdén y el abandono.
-Llora mi alma de fantoche sola y triste en esta noche. Noche negra y sin estrellas.”(6)
No voy a caer en el error de relacionar el grado de culpa con el tamaño de la panza (como hizo el cardenal de Guadalajara, monseñor Sandoval: “-No hay rico que no haya robado: o es ladrón o hijo de ladrones.”), pero que nadie espere que acuda con mi pañuelo a enjugar lágrimas de cocodrilo.
-Hoy, que me lloras de veras, recuerdo tu simulacro. Perdona que no te crea: lo tuyo es puro teatro.”(7)

Anexo musical

Puesto que el asunto es más propio de boleros, tangos y baladas, ahí van las autorías (a cada cual, lo suyo) y los enlaces:

¡Viva Draghi! ¡Ha nacido el Salvador!

En aquel tiempo, llegó a Frankfurt (donde inventaron las salchichas y el BCE) el ministro Luis de Guindos, ascendió a la planta cuarenta de la Eurotower, se arrodilló ante Mario Draghi e imploró:
-Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
-El Banco Central Europeo hará lo necesario para sostener el euro -respondió el Maestro- y, créanme, eso será suficiente.
Fue entonces cuando De Guindos, que ya se había encaramado al balcón presto a arrojarse a las negras aguas del río Meno, notó cómo le temblaban las piernas y una lágrima vadeaba los profundos surcos de sus macilentas mejillas.
-¿Me estás hablando a mí, señor? -preguntó, incrédulo-. ¿En verdad, en verdad lo dices? ¿Puedo comunicar al mundo la buena nueva?
Ite. Missam est.
Y se fue con la misión cumplida. Y difundió el mensaje. Y nada más hacerlo, las aguas se abrieron, el íbex-35 resurgió de los infiernos y el riesgo de la prima de riesgo se abrasó en una zarza ardiente.
-¡Aleluya! -le puso a Mariano por el whatsapp– ¡Ha nacido el salvador!

Como a Michael Corleone en El Padrino (“-Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar”), a Draghi le ha bastado una frase para triunfar, para borrar sus desaires y para convertirse en uno de los nuestros.
A nadie parecen importarle ya el tiempo -y el dinero- perdidos, que el diferencial con Alemania se mantenga por encima de los 550 puntos básicos, que el íbex-35 apenas supere los seis mil (en septiembre, rondaba los diez mil puntos) y que cada subasta de deuda se nos lleve varios millones de euros en intereses.
Al presidente del BCE se le ha escapado que conoce la fórmula del bálsamo de Fierabrás -el que nos aliviará de todos los males-, pero que no está dispuesto a malgastarlo -por mucho que De Guindos se parezca a Sancho Panza- . Y a nadie parece importarle.
El gobierno brinda hoy con una botella medio llena porque, como dijo Escarlata O’Hara, “al fin y al cabo, mañana será otro día”, y quién sabe mañana qué dirá quién.

Hay alternativas, y lo saben

El presidente del gobierno se ha refugiado en el búnker del determinismo invencible para hacernos creer que no existen alternativas.
Cada vez que deja caer la porra sobre los maltrechos lomos de los trabajadores, nos regala la socorrida cantinela del no-hay-más-remedio. Eso y el gemidito (“-Más me duele a mí que a ti”- dice); eso y el ensayado rictus de hombre de estado que sufre con el sufrimiento de sus súbditos.
Nadie pone en duda que la situación es complicada y nadie pone en duda de que es preciso adoptar medidas extraordinarias. El Estado lleva años -muchos años- dilapidando nuestro patrimonio y nuestra herencia, y sólo ha aceptado la gravedad del problema cuando ya nadie le presta dinero para seguir tapando el despilfarro (o cuando, quien lo hace, le impone intereses leoninos). Sólo entonces ha comprendido que hay que ingresar más y que hay que gastar menos -¡vaya lumbreras!-, y se han puesto a buscar al pardillo que se haga cargo de la cuenta.
Cada vez son más los economistas -y algunos sin barba- que defienden reformas impositivas más eficaces y más justas. El catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, Viçenc Navarro -por ejemplo- calcula que se obtendrían 12.000 millones de euros sólo con recuperar algunos tributos total o parcialmente suprimidos (el impuesto sobre los grandes patrimonios, el impuesto de sociedades -para las grandes empresas- o el impuesto de sucesiones). Los técnicos del Ministerio de Hacienda -otro ejemplo- proponen recaudar 6.200 millones de euros más cada año sólo con destapar la economía sumergida, y 4.500 millones más sólo con un impuesto sobre las transacciones financieras; eso por no hablar del fraude fiscal, por donde escapan más de 40.000 millones de euros.
Por tanto, ¿quién dice que no hay alternativa a subir el IVA? En Francia, se van a aprobar impuestos especiales sobre las grandes fortunas y las grandes sucesiones, y en Estados Unidos -el paraíso de los liberales- Obama ha anunciado reformas fiscales en la misma línea.
Y aún se puede ingresar por otros conceptos. El Instituto Alemán de Investigación Económica -que no se entere la Merkel- ha propuesto que las grandes fortunas “colaboren” -por imposición- con la compra de deuda soberana, y numerosos colectivos aportan otras soluciones imaginativas (la Tasa Tobbin sería un buen ejemplo) que contribuirían a llenar la hucha.
Eso en el capítulo de ingresos. Como en el de gastos también hay que pegar pellizcos, se recorta en sanidad y en educación, se bajan los sueldos de los trabajadores públicos, las pensiones y los subsidios, se reduce el gasto público y se suprimen instituciones democráticas. Todas ellas, medidas que afectan a los mismos, a los de siempre.
A nadie se le ha ocurrido -o sí, pero sólo un rato- adelgazar otras partidas. Con la que está cayendo, la Casa Real mantiene sus más de 8,2 millones de euros de presupuesto anual, el Ministerio de Defensa sus 6.300 millones -que no sé yo de quién nos tenemos que defender, cuando el enemigo está en casa- y la Iglesia Católica conserva -sin recortes- su asignación de 160 millones de euros. Al presidente del Consejo del Poder Judicial le han congelado su jornal de 130.000 euracos -dietas y viajes a Marbella no incluidos-; los ex presidentes, su pensión vitalicia de 80.000 euretes -que no les impiden trabajar en empresas privadas de donde obtienen pingües beneficios, quizás a cambio de viejos favores- y sus señorías y señoríos, sus 4.000 euros al mes, la cama aparte -bueno, los alquileres, sólo para los de provincias-.
A nadie se le ha ocurrido que un país pobre, como España, no puede permitirse administraciones duplicadas -y triplicadas, en algunos casos-, ni cámaras repetidas -la del Senado, empieza a ser ya una reforma urgente-. No puede sostener la actual corte de asesores, jefes de gabinete y mamporreros, ni puede seguir subvencionando a tanto liberado, a tantos partidos políticos, al cuerpo de traductores y a las embajadas en Andorra. No puede, pero lo hace, y el gobierno seguirá culpando a la Merkel, a Draghi o al chachachá, y seguirá escudándose en que no hay alternativa.
Lo malo es que tiene -parcialmente- razón: mires para la derecha o mires para la izquierda, todos están escondidos detrás del mismo burladero.

IU, incumplimiento de contrato

El peso de la púrpura ha terminado por desnortar a Izquierda Unida.
Al final, la rebelión prometida ha resultado ser interna y la han protagonizado los representantes de esta formación política en el Parlamento de Andalucía: han prendido las antorchas y han metido fuego a su propio programa electoral. Quienes presumen de ser los -únicos y genuinos- defensores de la clase obrera, han decidido bendecir con sus votos, necesarios e imprescindibles, la enésima agresión a los derechos de los trabajadores.
Llevan años asegurando que existen alternativas y que la salida está a la izquierda (al fondo, pero a la izquierda). Años prestándole el megáfono a todo el que ha querido gritar, y situando su pancarta al frente de cualquier movilización. Años luciendo camisetas verdes, moradas y rojas (“-Con este tipín, cualquier cosa me sienta bien.”); años ideando eslóganes, años acompañando encierros y sentadas… y han bastado cien días rascando en el banco azul para sacarles los colores.
Su líder -donde dije digo, digo Diego- Valderas ha sufrido un repentino ataque de amnesia -alguna sustancia estupefaciente, que le habrán echado en la cartera vicepresidencial– para argumentar, sin vergüenza, las mismas justificaciones que él mismo criticó (“-No, si no soy yo. Es el PP, que me obliga”, “-No os preocupéis que, en cuanto haya pasta, os pagamos todo de golpe”).
Una pérdida -selectiva- de memoria que le ha permitido olvidar aquellas viejas demandas: más gasto público, lucha contra el fraude fiscal, reducción de altos cargos, reforma de la administración paralela, negociación colectiva y acuerdo con los sindicatos, protección social, impuestos para los más ricos (por cierto, el impuesto sobre campos de golf va a dar mucho que hablar), persecución de la economía sumergida… Aquellas propuestas que convencieron a tantos en las últimas elecciones y que le permitieron crecer más de un 37% en el número de votos (pasaron de 317.562 a 437.445) y duplicar el número de asientos (de 6 a 12).
Izquierda Unida ha cambiado de catecismo, pero sólo en Andalucía. En el resto de España, se mantiene en la otra orilla y rechaza las propuestas que exclusivamente defiende en el Hospital de las Cinco Llagas, con el argumento -casi de Estado- de que es la única manera de sostener al mismo gobierno que llevan treinta años intentando desbancar.
Izquierda Unida no ha entendido el mensaje (“¡No es eso, no es eso!”, que escribió Ortega y Gasset) y ha apostado a una carta -la más alta- buena parte de su credibilidad presente y futura. Temerariamente, ha decidido cambiar por un plato de lentejas el contrato que firmó el 25 de marzo con sus electores, y ni el clamor de propios ni el estupor de propios y extraños han movido el fiel de una balanza demasiado desequilibrada por el peso de los coches oficiales.
Coches que no aliviarán la travesía del desierto cuando, dentro de cuatro años, los votantes les demanden por incumplimiento de contrato.
Epílogo
El artículo 259 de la Constitución de Colombia proclama: “Quienes elijan gobernadores y alcaldes, imponen por mandato al elegido el programa que presentó al inscribirse como candidato”. O sea, que el programa electoral es de obligado cumplimiento para los políticos colombianos.
En España, un auto del Tribunal Supremo dictado en 2005 -que ha sentado jurisprudencia- determinó que “las ‘promesas electorales’ y su cumplimiento forman parte esencial de la acción política, enmarcada en principios de libertad de hacer o no hacer […] que escapan al control jurisdiccional”. Es decir, que los políticos españoles pueden decidir libremente por dónde se pasan el programa con que se presentan a las elecciones. Y así nos va.

Los huérfanos de Rajoy

ImagenVale que el poder desgasta. Vale que la realidad del ejercicio de gobierno difícilmente puede corresponderse -ciento por ciento- con la utópica idealización que previamente dibuja negro sobre blanco el gabinete electoral. Vale que, cada vez que un nuevo inquilino revuelve el doble fondo de los cajones y levanta las alfombras de su nuevo despacho, se encuentra con obstáculos insorteables que le conducen irremisiblemente hacia rutas indeseadas.

Todo eso vale, pero es que los seis primeros meses de Rajoy han superado las peores expectativas.

El presidente del gobierno ha conseguido, en sólo ciento ochenta días, agotar buena parte de su crédito, defraudar a su electorado, rearmar a sus opositores y vaciar de argumentos a sus más inquebrantables e incondicionales defensores.

Según el último barómetro del CIS (publicado en mayo de 2012), el 56% de quienes votaron al PP el pasado mes de noviembre creen que la actual situación económica es peor que cuando los populares desembarcaron -hace ahora un año- en la mayoría de los ayuntamientos y comunidades autónomas, y el 42% de esos votantes opinan que la situación política hoy es ‘mala’ o ‘muy mala’ (a modo de anécdota, el 2% de los electores del PP cree que el principal problema de España es su gobierno).

Mariano Rajoy lleva más de un año -desde la campaña de las municipales, por lo menos- reclamando su derecho a gobernar, para solucionar los problemas de la nación; reivindicando un masivo apoyo popular con el que activar su fórmula mágica, su receta para generar confianza en los inversores, incentivar la creación de empresas, crear puestos de trabajo, optimizar los recursos y mejorar los servicios públicos. Una ecuación milagrosa basada en recortes y repagos que, lejos de reportar beneficios, no ha hecho sino aunar a sectores de lo más variopinto en la tribuna de las quejas.

La política fiscal (la subida del IRPF y la del IBI, y la del IVA, que viene) ha roto los esquemas a los empresarios y a los liberales -tanto monta, monta tanto- otrora fieles escuderos de Rajoy, Los recortes en la administración pública (menos sueldo, más horas, menos derechos) han rebelado a los funcionarios, interinos, laborales y eventuales, empezando por el grupo E y terminando por el Grupo A. Los desempleados que votaron a Rajoy confiando en que les buscaría un trabajo, se han encontrado con que, en lugar de eso, les reduce las prestaciones, y los pensionistas que esperaban garantizar sus pagas (“-¡La Caja de la Seguridad Social se hunde!”-, decían) tienen ahora que aflojar la mosca, cuando retiran la nifedipina y el omeprazol. Los emprendedores esperan y desesperan, y hasta las víctimas del terrorismo se quejan de sus desaires.

Ni se ha acabado con la corrupción, ni con el despilfarro autonómico. Ni se han terminado las injerencias (los nombramientos en la RTVE y en el CGPJ son sólo dos ejemplos), ni los despropósitos. Como siempre, gana la banca y pierden los desahuciados, bajan los créditos y suben los ERE, y el país sigue sin pintar nada ni en Europa ni en el mundo (bueno, en el mundo sí: don Mariano ya es presidente de las Islas Salomón).

Rajoy ha sembrado España de huérfanos -de huérfanos políticos, se entiende-, de ingenuos electores que creyeron sus promesas, que confiaron en sus soluciones y que depositaron en su gestión lo que les quedaba de confianza. Votos prestados para impulsar un cambio de rumbo que ha resultado ser un giro hacia ninguna parte.

Y, mientras, el presidente calla y se refugia en el burladero, e insta a sus subalternos a que intenten ocuparse del miura, ante el pasmo del personal que -desde el sol y desde la sombra- no acierta a entender cómo le han metido en esta faena.