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Garzón en los infiernos

Cuando Orfeo -músico griego, hijo del rey Eagro y de la musa Calíope- descendió a los infiernos en busca de su amada Eurídice, confiaba en que todos los obstáculos se removerían con el vibrar armónico de las nueve cuerdas de su lira, y que -con su celestial canto- se conmoverían las ninfas, los dioses y los demonios hasta consentir aquella inédita excursión por el más allá. El favorito de los dioses superó todas las pruebas, mas -cuando estaba a punto de alcanzar la meta y retornar triunfante al reino de la luz- cometió un torpe error que trocó su gesta en fracaso. ]
A mí nunca me ha gustado Garzón (ni él, ni cualquier otro magistrado que se empeñe en que me aprenda su nombre: si por mí fuera, los jueces -como los verdugos o los policías antidisturbios- trabajarían con pasamontañas, para, además de no ver, tampoco ser vistos) y nunca he entendido lo de “juez estrella” (¿qué es un “juez estrella”?¿el que dicta sentencias justas?¿el que instruye impecablemente?, o sea ¿el que hace bien su trabajo?). Nunca me han seducido su porte arrogante, su afán de protagonismo ni sus correrías políticas, porque le hacen vulnerable, alimentan el argumentario de sus enemigos y derrotan el fondo por las formas.
Confieso mi pertenencia al grupo que considera a Garzón un juez bueno que se atreve con los poderosos, pero reconozco -yo, sí- que sus resultados dejan bastante que desear. Como cuando ordenó el arresto de Pinochet, pidió investigar a Kissinger, pretendió desaforar a Berlusconi, propuso el cierre de Guantánamo o quiso juzgar a Bin Laden. A modo de recompensa, obtuvo reconocimientos, homenajes y aplausos que en ningún caso fue capaz de canjear por sentencias y condenas. Como Ícaro, Garzón pretendió volar tan alto que el sol derritió la cera de sus alas.
Quizás por eso (supongo que acabaría bastante quemado), cambió de plan y emprendió el descenso a los infiernos: el juicio al franquismo. Aceptó viajar cincuenta años atrás en el tiempo para llamar -por fin- ‘culpables’ a los culpables (aunque, para ello, tuviera que resucitar a los verdugos y recordar su hedor), prometió justicia a los fusilados y a los torturados tras el golpe de estado fascista, y cuestionó el ominoso y cobarde ‘aquí-no-ha-pasado-nada’ con que los nietos de los dos lados del régimen resolvieron décadas de dolor, humillación y abusos.
Baltasar Garzón, como Orfeo, compró un billete de ida y vuelta para el inframundo, convencido del poder mágico de su canto y de que los habitantes del monte Olimpo le protegerían como hasta entonces. Creyó que -como en la opereta en la que Offenbach recreó las hazañas de Orfeo en los infiernos– todos terminarían bailando el cancán (“Somos, somos las vedettes de los cabaretes…”), riendo, brincando y brindando por el final feliz. Pero descuidó, también él, algún pequeño detalle, alguna sombra que oscureció su frente (como el hermoso pie de Eurídice) y convirtió en tragedia la comedia.
En la Audiencia, ahora se sienta en el otro lado de la sala, pero sigue vistiendo su elegante toga con puñetas de encaje, supongo que para recordarle al juez que, en el fondo, “soy uno de los vuestros”, como el general que acude al consejo de guerra luciendo todas sus medallas. Está -estamos- a la espera de un veredicto que lleva siglos redactado, y con el que -diga lo que diga- unos empapelarán los muros de la vergüenza y los otros nos recordarán eternamente que nadie regresa victorioso de un paseo por el averno.

Panem et circenses

Cuando los mandamases de la Roma clásica detectaban un determinado grado de preocupante intranquilidad en las masas, recurrían a lo más sencillo: panem et circenses, pan y juegos en el circo. Los juegos pretendían distraer los ánimos; el pan, entretener la boca y acallar los estómagos.
Varias decenas de siglos después, aquellos prebostes se sorprenderían al ver qué poco han evolucionado las estrategias. Luis XIV arrojaba monedas de oro desde su carroza, Franco construía pantanos… Hoy, cuando en el siglo XXI ya ha vencido el periodo de garantía, el pan aún desciende -cual maná- en forma de subsidio, subvención, ayuda o beca, desde los balcones de todos y cada uno de nuestros gobiernos. Con estas prácticas, y lejos de velar por el bienestar social de la plebe, la clase senatorial (sálvese el que pueda) no hace sino sembrar para recoger.
Los que sí han variado ha sido los circuses (que diría un british).
Desde que murió el último gladiador en la arena del Coliseo hasta hoy, han sido infinitas las formas de distraer al personal, de hacerle olvidar su infeliz ayer, su perra vida y su negro futuro. ¿Cuántos toros han sido sacrificados en el altar de la paz social? ¿Cuántos herejes, cuántas brujas han ardido para evitar que las antorchas tomaran otro camino? Ahora, cuando las-ciencias-adelantan-que-es-una-barbaridad más que nunca, el circo se ha trasladado a los televisores y los juglares se han travestido de políticos. En lugar de regar con luises a los sansculottes o de cebar con cristianos a los leones, nuestros dirigentes se empeñan en limpiar con moras las manchas de las moras, en sacar los clavos a clavazos… en vocear una buena nueva para silenciar lo que no quieren que oigamos.
Ahí el repertorio es infinito. A cada preocupante cifra macroeconómica sucede, en cuestión de minutos, una Operación Malaya o la detención de un superpeligroso terrorista (que digo yo que ya es casualidad, que tanto tiempo buscándolos y estaban ahí, en ese chalecito del sur de Francia donde viven todos). Cada vez que un partido político entra en crisis, contraataca denunciando actitudes antidemocráticas de Fulanito (curiosamente, ayer compartían reuniones, comisiones, despachos y viajes oficiales con ese Fulanito sin sospechar nada, mira tú).
Hoy, cuando las cifras del desempleo rozan el umbral de la vergüenza, el trovador de turno, el mago de guardia es Baltasar; no el rey mago, sino Garzón. Y el entretenimiento del weekend, las fosas comunes. No sé en qué torpe mente cabe que el debate nacional pueda versar hoy en acontecimientos de hace setenta años, cuando hay tanta actualidad sobre lo que vociferar…
Y que conste que yo soy de los -pocos- partidarios de remover las tumbas que haga falta hasta poner el punto y final al capítulo más triste de la historia de España. Pero, mucho me temo, que no sea ese el objetivo de la garzonada, y si no al tiempo. ¿Alguien se cree que la justicia española va a sentar en el banquillo a alguien como consecuencia de crímenes cometidos en los años treinta?
Pues no. Primero, porque no creo que quede un gramo de carne en las nalgas de ninguno de los protagonistas del golpe de estado, de la represión posterior o de la respuesta criminal y desmedida, sobre el que sentarse. Y segundo -y fundamental- porque todo esto no es más que un paripé. Unos, los que se autoproclaman hijos de los represaliados, los meten el dedo en el ojo a los otros, a los que niegan ser hijos de los represaliadores (pero que, torpemente -mira que son torpes- insisten en proteger a Franco y al franquismo, ellos sabrán porqué), hasta que estos otros les den con un nuevo dato macroeconómico en los dientes a aquellos unos.
Y mientras tanto, a los verdaderos huérfanos del cainismo, a quienes no saben dónde llorar a sus muertos, a quienes siguen sin encontrar los nombres de sus padres y de sus amigos entre las listas de las víctimas del terror, maldito el ardor de estómago que les produce el pan de la frustración (se ve que Garzón es adicto al alkaseltzer).
Puta la gracia que les hace este circo.