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¡Ay, de los vencidos!

Todos tenemos dos caras. Todos somos dos en uno, como Raúl Navas. Uno, el villano que cayó fulminado por el rayo, y otro, el héroe que detuvo un penalti como un trueno.
El deporte es muy dado a esta circunstancia: el mismo que un día sale a hombros, huye el siguiente protegido por el escudo de un policía nacional. Un resbalón derroca a un Reina; por un mal día te amputan la mano de Dios.
Pero de los que yo quería hablar no juegan a la pelota, sino que se recuestan a la sombra del poder.
Creo en la rivalidad y en la competencia; ni siquiera sugiero que las batallas tengan que ser leales y ajustarse a las reglas de la caballería. El quítate tú que me pongo yo es absolutamente legítimo (el que estaba, ya se “ocupó” del anterior en su momento, y el que llega más alto es el que adorna su revólver con más muescas) y los políticos son conscientes de que llevan dos trajes en la maleta: el del triunfo y el del fracaso.
Lo que chirría es el clamor de la grada. Es asombroso constatar cuánto se pueden hinchar las velas cuando el viento sopla por la popa… y con qué facilidad amaina el siroco y te encuentras sólo, con dos remos, intentando bogar contra la corriente.
Admito los cambios de opinión (si al portero pararrayos se le doblan los manos, habrá que sustituirlo), pero no comprendo al que grita sin saber por qué grita; bueno, sí: porque le han pedido que grite. En la política, las cañas su tornan lanzas con demasiada frivolidad, sin atender méritos ni deméritos, virtudes ni defectos.
No soy tan ingenuo y sé que no hay amigos para siempre, que se pide la vuelta al ruedo sin haber visto la faena a cambio de un brindis igual de insincero. Pero, cuando las cartas vienen mal dadas y hay que abandonar el campo de batalla con las orejas gachas, qué bien sienta encontrar en el destierro algo de cariño, alguien que te eche el brazo por los hombros y te diga “-Hasta aquí hemos llegado”.
Dicen que los políticos están hechos de otra pasta. No lo dudo, ¿cómo si no iban a soportar ver a su ejército luciendo el uniforme de quien le derrotó? Será que recuerdan que la deslealtad sólo es cuestión de tiempo y que ellos también pagaron a aquel escuadrón de mercenarios.
Sólo entonces se retiran sonriendo a quien aparece, a lo lejos, con otros treinta siclos de plata.

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