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Bienvenido, míster Davis

“Os recibimos, americanos, con alegría. ¡Olé, mi madre! ¡Olé mi suegra y olé mi tía!”
Un día, hace sesenta años, los españoles se pusieron sus mejores galas, recogieron la basura de la calle principal de cada pueblo y se sentaron a esperar la lluvia de dólares que les iba a sacar de la miseria. Aunque los cádillacs pasaron de largo, nadie se deshizo de las banderitas.
Al menos, no en Córdoba. Aquí seguimos oteando el horizonte, aguardando la oportunidad de airear las barras y las estrellas que atraigan los millones. La última vez estuvimos diez años dándole al brazo –“Los yanquis han venido, olé salero, con mil regalos, y a las niñas bonitas van a obsequiarlas con aeroplanos”-, confiados en que habíamos comprado el boleto premiado (alguien nos había chivado que acababa en dieciséis) y no nos llevamos ni la pedrea: los de San Ildefonso se fijaron en otro santo.
En esta ocasión va a ser distinto. Marshall ha cambiado la guerrera por el chemilacós y ha sacado el billete del AVE, billete VIP, no vaya a ser que alguien le toque las pelotas o las raquetas. “-Niño, saca las banderitas que nos vamos pa’ la estación. Seguro que esta vez pillamos algo”. Y en eso estamos: unos a la espera del container cargadito de pernoctaciones de luxe, otros soñando con que una excursión de gabachos les pague el vino que hace doscientos años se bebió el francés. “Americanos, vienen a España guapos y sanos. Viva el tronío de ese gran pueblo con poderío”.
Aunque, puestos a contar, hay cuentas que no me salen. Entre pitos y flautas, obras y cánones, promociones, gallardetes y banderolas, el erario público se va a desprender -graciosamente- de entre millón y medio y dos millones de euros. ¿A cambio de qué? A cambio de los luises de oro que arrojen desde sus carrozas los quince mil afortunados que acudan a presenciar la madre de todas las eliminatorias tenísticas.
Supongo que alguien habrá sacado números y se habrá parado a pensar. Habrá pensado en que los vecinos de Santa Rosa que pasen por la puerta de los califas -que alguno habrá- ni pernoctan, ni comen, ni compran; ni ellos, ni los de Valsequillo -que alguno habrá-. Habrá pensado en que hay hoteles, hostales, pensiones y hasta albergues que, en la provincia y alrededores, esperan listos y dispuestos a recoger su botín. Habrá pensado en que la plaza de toros de Córdoba es -chispa más o menos- como cualquier otra plaza de toros del mundo, y que ese será el único patrimonio histórico artístico que saldrá por la tele. Habrá pensado, en fin, en que estamos subvencionando con cien euros a cada ilustre visitante, para que él se deje los cuartos en el mostrador del AVE, en las taquillas de la federación, en la recepción del hotel -de quién sabe qué cadena- o en la minuta del restaurante (o, en su defecto, de la tienda de bocadillos).
En la comedia de Berlanga, don Pablo -alcalde de Villar del Río- se subió al balcón del ayuntamiento para arengar a sus convecinos: “-Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación. Y esa explicación os la voy a dar, porque os la debo”, pero no recuerdo si llegó a darla ni si convenció al auditorio. Supongo que aquí alguien tendría que explicarle a un mecánico de Valdeolleros -que alguno habrá- qué le va a traer a él míster Davis, y a la farmacéutica de Santa Cruz, a una jubilada del Figueroa y al cura del Campo de la Verdad.
Porque al final es a ellos -siempre es a ellos- a quienes les pedimos que se pongan sus mejores galas, limpien la basura de la calle principal, se sienten en la acera ondeando la banderita y paguen lo que haya que pagar.
Aunque los cádillacs -si es que quedan cádillacs- vuelvan a parar en otro sitio.
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¡Ay, de los vencidos!

Todos tenemos dos caras. Todos somos dos en uno, como Raúl Navas. Uno, el villano que cayó fulminado por el rayo, y otro, el héroe que detuvo un penalti como un trueno.
El deporte es muy dado a esta circunstancia: el mismo que un día sale a hombros, huye el siguiente protegido por el escudo de un policía nacional. Un resbalón derroca a un Reina; por un mal día te amputan la mano de Dios.
Pero de los que yo quería hablar no juegan a la pelota, sino que se recuestan a la sombra del poder.
Creo en la rivalidad y en la competencia; ni siquiera sugiero que las batallas tengan que ser leales y ajustarse a las reglas de la caballería. El quítate tú que me pongo yo es absolutamente legítimo (el que estaba, ya se “ocupó” del anterior en su momento, y el que llega más alto es el que adorna su revólver con más muescas) y los políticos son conscientes de que llevan dos trajes en la maleta: el del triunfo y el del fracaso.
Lo que chirría es el clamor de la grada. Es asombroso constatar cuánto se pueden hinchar las velas cuando el viento sopla por la popa… y con qué facilidad amaina el siroco y te encuentras sólo, con dos remos, intentando bogar contra la corriente.
Admito los cambios de opinión (si al portero pararrayos se le doblan los manos, habrá que sustituirlo), pero no comprendo al que grita sin saber por qué grita; bueno, sí: porque le han pedido que grite. En la política, las cañas su tornan lanzas con demasiada frivolidad, sin atender méritos ni deméritos, virtudes ni defectos.
No soy tan ingenuo y sé que no hay amigos para siempre, que se pide la vuelta al ruedo sin haber visto la faena a cambio de un brindis igual de insincero. Pero, cuando las cartas vienen mal dadas y hay que abandonar el campo de batalla con las orejas gachas, qué bien sienta encontrar en el destierro algo de cariño, alguien que te eche el brazo por los hombros y te diga “-Hasta aquí hemos llegado”.
Dicen que los políticos están hechos de otra pasta. No lo dudo, ¿cómo si no iban a soportar ver a su ejército luciendo el uniforme de quien le derrotó? Será que recuerdan que la deslealtad sólo es cuestión de tiempo y que ellos también pagaron a aquel escuadrón de mercenarios.
Sólo entonces se retiran sonriendo a quien aparece, a lo lejos, con otros treinta siclos de plata.

¿De qué se ríe Cristiano Ronaldo?

Reconozco que mi primer impulso, nada más conocer los detalles del fichaje de Cristiano Ronaldo por el Real Madrid, fue -como el de todos los blogueros– sentarme delante del ordenador y marcarme un par de folios. Luego recapacité y me dije “-No. Yo no voy caer en la trampa del Florentino”. Pero los días siguen pasando, y los medios de comunicación (muchos) y los aficionados (miles) mantienen al futebolista encumbrado en su altar; un altar que refulge iluminado por la sonrisa de CR7. Pero ¿de qué se ríe Cristiano Ronaldo?
Quedará algún madridista que continúe defendiendo el fichaje, pero el sentido común cada vez deja menos margen al elogio. Lo de Cristiano Ronaldo es una aberración.
En el verano de 2003, el Manchester United apostó parte de los 25 millones de euros que desembolsó el Real Madrid por David Beckham para probar suerte con un futbolista portugués de dieciocho años prácticamente desconocido. Invirtió 18 millones de euros, y la jugada le salió redonda: ha disfrutado de los mejores seis años de Cristiano Ronaldo y, cuando comienza a bajar en su rendimiento, lo vende por 94 millones. (Un paréntesis: Beckham jugó en el Madrid cuatro ligas y sólo ganó una, la última, la que se pasó en el banquillo; al final, el club de Florentino no pudo venderlo y tuvo que dejarlo ir sin ganar un solo duro en la operación)
¿De qué se ríe el Manchester? O mejor ¿de quién? Está claro. Con 94 millones de euros se pueden comprar muchos jugadores promesa, que ya vendrá algún tonto con dinero a pagar cinco veces su precio cuando ya no sea interesante. 94 millones de euros son muchos millones. Es el presupuesto para el 2009 del ayuntamiento de Toledo, es el presupuesto del Sevilla CF para la temporada 2009-10, es lo que vale comprar el Tottenham… Cualquier gestor espabilado compondría una plantilla con la que no hacer el ridículo en la Champion gastando la mitad de lo que el señor Pérez le ha soltado al club inglés.
Ya sabemos, por lo tanto, de qué se ríe Ferguson. Pero ¿de qué se ríe Cristiano Ronaldo? Muy fácil: el Real Madrid va a pagar al pelotero de Madeira trece millones de euros al año -un millón de euros al mes- por vestirse de blanco. Ronaldo no le ha podido quitar el ‘7’ a Raúl, pero sí ha conseguido cobrar el doble de lo que percibe su capitán. El tesorero del Madrid tiene una partida en sus presupuestos -la CR9- para reservar 13 millones de euros para la nómina del futbolista; la ministra de Hacienda tiene otra partida en los suyos -la CR09- para enviar a Ciudad Real 12,5 millones de euros con los que pagar las 66 obras que le han correspondido de los fondos FEIL, que darán trabajo a 460 personas.
Nadie vale 94 millones y nadie debe cobrar 13 millones de euros al año por jugar al fútbol. Y Cristiano, tampoco. Si lograra repetir sus números de la temporada pasada, por cada partido que disputase (jugó 71) ingresaría más de 180 mil euros, y cada gol que obtuviese (marcó 34) le saldría a su club por 380 mil. (Otro paréntesis: Forlán consiguió 32 goles en la liga -Ronaldo, 18-; Messi hizo 9 tantos en la Champion y 6 en la Copa -el portugués, 4 y 2-)
De eso se ríe Cristiano Ronaldo: de los sueldos de los 80 mil mileuristas que le aplaudieron en el Bernabéu; de los halagos de los periodistas a los que pronto va a despreciar (e incluso a agredir), de los abrazos de Florentino al que abandonará en cuanto le llegue otra oferta más interesante, de las mocitas madrileñas que van alegres y contentas (véase el glorioso himno) a comprar camisetas, colonias, zapatillas… para que quienes las pasean en moto se parezcan a su ídolo.
En lo único en lo que le doy la razón al Pérez es que a CR9 le sienta bien la camiseta blanca. Por lo menos para ilustrar esta otra estrofa del himno merengue:
¡Hala Madrid!
Enemigo en la contienda,
cuando pierde da la mano
sin envidias ni rencores,
como noble y fiel hermano.

Réquiem por el Guadiato

Ayer estuve con el Club de Piragüismo recorriendo el embalse de La Breña [reportaje fotográfico]
Echamos al agua las embarcaciones en el Club Náutico de Córdoba, junto a la presa. Mejor dicho: junto a las presas, porque ya están las dos levantadas.
Hay una, pequeña (50 metros sobre el cauce; 281 metros de ancho en la cota de coronación), construida en tiempos de la República para almacenar 100 hectómetros cúbicos de agua, para lo que hubo que inundar 587 hectáreas.


Detrás, como una negra montaña,se alza la gran presa (120 metros de altura, 685 metros de lado a lado) que atrapará el río Guadiato hasta convertirlo en un gigantesco lago: 823 hectómetros cúbicos de agua que inundarán unas 2.000 hectáreas de bosque mediterráneo.
Y las inundarán cueste lo que cueste. Como el río Guadiato no es precisamente el Amazonas, difícilmente podrá cumplir con lo que se le exige. Hoy por hoy, el Guadiato se represa en Sierra Boyera, Puente Nuevo y La Breña, aunque con el agua de estos tres embalses (si estuvieran llenos) no llenaría ni la mitad del nuevo macropantano: más de 800 mil millones de litros. Así que habrá que bombear, hacia arriba, agua del Guadalquivir, para hacer realidad esta megalomanía, para anegar veinte millones de metros cuadrados del territorio del lince, del olivar, del conejo, del encinar y del toro con las aguas turbias del Río Grande.
Y todo para que los latifundios de la zona puedan seguir derrochando, para ahorrarles la instalación de sistemas de riego más eficaces, para evitarles la tentación de optar por cultivos más sostenibles, para invitarles a mantenerse en el despilfarro y la insolidaridad.


Ayer disfrutamos de la naturaleza, en un río verde, alegre, vivo. Quienes quieran disfrutar de estos paisajes tienen que darse prisa, porque pronto quedarán bajo las aguas -decenas de metros, millones de litros de aguas sucias- del nuevo La Breña.