Etiquetado: economía

Hay alternativas, y lo saben

El presidente del gobierno se ha refugiado en el búnker del determinismo invencible para hacernos creer que no existen alternativas.
Cada vez que deja caer la porra sobre los maltrechos lomos de los trabajadores, nos regala la socorrida cantinela del no-hay-más-remedio. Eso y el gemidito (“-Más me duele a mí que a ti”- dice); eso y el ensayado rictus de hombre de estado que sufre con el sufrimiento de sus súbditos.
Nadie pone en duda que la situación es complicada y nadie pone en duda de que es preciso adoptar medidas extraordinarias. El Estado lleva años -muchos años- dilapidando nuestro patrimonio y nuestra herencia, y sólo ha aceptado la gravedad del problema cuando ya nadie le presta dinero para seguir tapando el despilfarro (o cuando, quien lo hace, le impone intereses leoninos). Sólo entonces ha comprendido que hay que ingresar más y que hay que gastar menos -¡vaya lumbreras!-, y se han puesto a buscar al pardillo que se haga cargo de la cuenta.
Cada vez son más los economistas -y algunos sin barba- que defienden reformas impositivas más eficaces y más justas. El catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, Viçenc Navarro -por ejemplo- calcula que se obtendrían 12.000 millones de euros sólo con recuperar algunos tributos total o parcialmente suprimidos (el impuesto sobre los grandes patrimonios, el impuesto de sociedades -para las grandes empresas- o el impuesto de sucesiones). Los técnicos del Ministerio de Hacienda -otro ejemplo- proponen recaudar 6.200 millones de euros más cada año sólo con destapar la economía sumergida, y 4.500 millones más sólo con un impuesto sobre las transacciones financieras; eso por no hablar del fraude fiscal, por donde escapan más de 40.000 millones de euros.
Por tanto, ¿quién dice que no hay alternativa a subir el IVA? En Francia, se van a aprobar impuestos especiales sobre las grandes fortunas y las grandes sucesiones, y en Estados Unidos -el paraíso de los liberales- Obama ha anunciado reformas fiscales en la misma línea.
Y aún se puede ingresar por otros conceptos. El Instituto Alemán de Investigación Económica -que no se entere la Merkel- ha propuesto que las grandes fortunas “colaboren” -por imposición- con la compra de deuda soberana, y numerosos colectivos aportan otras soluciones imaginativas (la Tasa Tobbin sería un buen ejemplo) que contribuirían a llenar la hucha.
Eso en el capítulo de ingresos. Como en el de gastos también hay que pegar pellizcos, se recorta en sanidad y en educación, se bajan los sueldos de los trabajadores públicos, las pensiones y los subsidios, se reduce el gasto público y se suprimen instituciones democráticas. Todas ellas, medidas que afectan a los mismos, a los de siempre.
A nadie se le ha ocurrido -o sí, pero sólo un rato- adelgazar otras partidas. Con la que está cayendo, la Casa Real mantiene sus más de 8,2 millones de euros de presupuesto anual, el Ministerio de Defensa sus 6.300 millones -que no sé yo de quién nos tenemos que defender, cuando el enemigo está en casa- y la Iglesia Católica conserva -sin recortes- su asignación de 160 millones de euros. Al presidente del Consejo del Poder Judicial le han congelado su jornal de 130.000 euracos -dietas y viajes a Marbella no incluidos-; los ex presidentes, su pensión vitalicia de 80.000 euretes -que no les impiden trabajar en empresas privadas de donde obtienen pingües beneficios, quizás a cambio de viejos favores- y sus señorías y señoríos, sus 4.000 euros al mes, la cama aparte -bueno, los alquileres, sólo para los de provincias-.
A nadie se le ha ocurrido que un país pobre, como España, no puede permitirse administraciones duplicadas -y triplicadas, en algunos casos-, ni cámaras repetidas -la del Senado, empieza a ser ya una reforma urgente-. No puede sostener la actual corte de asesores, jefes de gabinete y mamporreros, ni puede seguir subvencionando a tanto liberado, a tantos partidos políticos, al cuerpo de traductores y a las embajadas en Andorra. No puede, pero lo hace, y el gobierno seguirá culpando a la Merkel, a Draghi o al chachachá, y seguirá escudándose en que no hay alternativa.
Lo malo es que tiene -parcialmente- razón: mires para la derecha o mires para la izquierda, todos están escondidos detrás del mismo burladero.

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Rajoy y la teoría del caos

En 1884, para celebrar su sesenta cumpleaños, Óscar II rey de Suecia y Noruega convocó un singular concurso -siempre ha habido gente rara- en el que los participantes tenían que resolver complicados problemas matemáticos, como -por ejemplo- analizar la estabilidad del Sistema Solar y determinar especialmente cómo influye un cuerpo situado entre otros dos cuerpos celestes. El entonces joven científico Henri Poincaré aceptó el reto, pero fue para demostrar que el enigma no tenía solución, que en el universo existen sistemas caóticos, tan vulnerables a una mínima perturbación que el resultado varía en cada experimento y por lo tanto se vuelve imprevisible. Había nacido la teoría del caos.
Para que nos entendamos, la teoría del caos viene a defender que a veces no es posible establecer una inequívoca relación causa-efecto (un mismo experimento puede producir distintos resultados) porque existen factores -por muy insignificantes que puedan parecer- que modifican todo el proceso. No hay manera de pronosticar en qué número parará la bolita por mucho que la ruleta gire siempre con la misma velocidad y se repitan exactamente los mismos movimientos.
Algo parecido ocurre con la política y los gobiernos.
Aplicando la más estricta ortodoxia, los economistas elaboran un plan. Aseguran que cuando el déficit público se reduce ‘equis’, el peibé crece ‘y’, y que sólo entonces se crean ‘ene’ empleos; dicen que si se aplica el copago farmacéutico, se reducirá la deuda con los laboratorios y se saneará el sistema sanitario; explican que si se aplaza la edad de jubilación, aumentarán las cotizaciones y se frenará el gasto por prestaciones hasta llenar otra vez la caja… Pero esto es sólo el plan. Luego aparece la teoría del caos -y su acepción más popular: el efecto mariposa- para devolvernos a la realidad: el gobierno impone reformas y ajustes para recuperar la confianza de los inversores, pero un simple editorial en el Wall Street Journal -¡ay, el efecto mariposa!- dispara la inquieta prima de riesgo y hunde todos los indicadores; cada vez que a un preboste alemán le repite el pepino, los mayoristas verduleros -con perdón- europeos dejan de pasar por los invernaderos de Almería; basta con que il nuovo cavalieresiembre alguna duda, para que el íbex treinta y cinco coseche tempestades. Nada es absolutamente predecible (ni siquiera están bajo control los factores que influyen en los resultados) pero, aún así, los economistas realizan sus previsiones y los políticos aprueban sus programas, las previsiones fallan una y otra vez y los programas se modifican uno detrás de otro.
Quieren transmitir confianza y sólo nos conducen al caos. Tanto que nos hemos inmunizado. Nos hemos habituado a leer las cifras en números rojos y las previsiones en letras negras, las nóminas de arriba a abajo y la cartilla del paro de abajo a arriba; nos hemos acostumbrado a escuchar las justificaciones ante cada nuevo fracaso (cuando no es por la herencia, es culpa de los griegos, de las elecciones en Francia, de los combates en Siria, de los elefantes del rey… o del vuelo de una mariposa) y ofrecemos humildemente la otra mejilla cada vez que nos abofetean con un real decreto.
Si la crueldad de las cifras demuestra que Rodríguez Zapatero erró en su planteamiento ante la crisis, meses después la situación es aún peor: números aún más rojos, futuro aún más negro, los brotes verdes aún más lejos… y sin solución, porque el avión que acudía al rescate se ha estrellado antes de despegar. Seguimos navegando en un buque a la deriva cada vez con menos provisiones y peores previsiones, y -lo que lo agrava todo- sin rumbo ni faro al que enfilar la proa.
Nuestra única esperanza es que aparezca un remolcador (alemán o francés, americano, chino o de donde sea) y nos lleve a puerto, nos ponga a salvo del caos de la mar gruesa y de las alas de las mariposas.

¡Ah!, pero ¿había barra libre?

Cuando el teniente de alcalde de Hacienda anunció, hace algunos días, el final de la época del gratis total (como el camarero que solemnemente informa de que se acabó la barra libre y de que quien quiera seguir bebiendo tendrá que pasar por caja), a mí se me quedó cara de tonto-de-cotillón. “-¡Ah!, pero ¿había barra libre? Y yo toda la noche pagando…”
El gratis total murió con Alfonso XI -si no mucho antes- y sus alcabalas. Desde entonces -si no mucho antes-, cada vez que un gobernante nos regala un nuevo puente, un concierto de guitarras, un autobús híbrido, un cheque-libro o un comedor social, carga la factura a nuestra cuenta corriente, por mucho que repita frases del tipo “-El dinero lo pongo yo” y chorradas de esas.
Aunque a nadie le gusta rascarse el bolsillo -pocos sustantivos son tan calificativos: ‘impuestos’-, todos tenemos asumido que las carreteras no nacen por generación espontánea y que, si no aportamos nuestra parte, dejará de haber “escuelas gratis, medicinas y hospital”, como reivindicaba la murga de Carlos Cano. Lo único que podemos debatir son los criterios por los que se paga.
En un ejercicio de reduccionismo extremo (nunca he pretendido dar una lección magistral), sólo hay dos tipos de tributos: los que gravan nuestras propiedades y los que gravan nuestras actividades [en el primer grupo, se encuentran -por ejemplo- el impuesto de la renta, la contribución y el de vehículos-; en el otro paquete: el IVA, el impuesto de la construcción, el del tabaco y la mayor parte de las tasas y precios públicos que recaudan los ayuntamientos]. Evidentemente, quienes disponen de un vasto patrimonio prefieren que se reduzcan los impuestos y se eleven las tasas (que todo parroquiano abona por igual, sean cuantos sean los ceros de su nómina), mientras que quienes andan pasando fatiguitas reclaman una subida del IRPF (que apenas les pasa rozando) y una rebaja del impuesto de hidrocarburos (que no veas a cómo se ha puesto llenar el depósito de gasoil).
La única decisión del político es elegir entre la A y la B. Nada más. Me apunto -¿cómo no?- a lo de la mejora de la gestión, a lo de la eficacia recaudatoria, a lo de la optimización de recursos, a lo de la racionalización del gasto… pero eso es independiente: ¿la A o la B? Que estudien las consecuencias de cada modelo fiscal (cómo afecta a las inversiones, a la creación de empleo, al consumo, al estímulo… y todas esas cosas por las que nos sacan la pasta los analistas) y que decidan qué porcentaje de los ingresos corresponderá a los impuestos y qué otro a las tasas.
Y, si es posible, que nos informen con antelación, para que los ciudadanos podamos refrendar en las urnas la opción escogida. No sea que después le dé a alguno por aprobar un impuesto por casarse o por tirarse por un tobogán, y nos pille desprevenidos.
Ah, y lo único que era, es y seguirá siendo gratis total es el teléfono móvil, la entrada al Gran Teatro y el gasoil del coche oficial de los veintinueve concejales. Seguro que alguno se llevó un buen susto cuando leyó lo de “-Se acabó el ‘viva la fiesta’.”

El G-7, o Los Siete Niños de Écija

Les llamaban Los Siete Niños de Écija. Se hacían pasar por patrióticos defensores ante las agresiones externas y aseguraban que se ocupaban de los más desfavorecidos, pero sólo eran bandoleros.
No existen testimonios sobre si Luis de Vargas lucía tez morena, pero sí está aceptado que era el líder de aquella partida. Tampoco quedan claros los orígenes de Tragabuches -¿vendría de Francia? ¿vendría de Hungría?-, aquel lugarteniente que se echó al monte después de castigar con la muerte una infidelidad de su mujer. Es conocida la indisciplina -cuasi británica- de Juan Palomo, así como la frialdad germánica y la inclemencia de Satanás. De Mala Facha se recuerda su obsesión por las mujeres; de José Candio, su habilidad para pasar desapercibido y, de El Cencerro, uno de los veteranos, que venía de las provincias orientales.
Se escondían en cuevas para planificar sus fechorías, y en las cuevas ocultaban sus botines. El engaño y la traición eran sus armas: se apostaban en las umbrías para abordar, por sorpresa y con cobardía, a quienes recorrían los caminos. No respetaban honras ni haciendas, y actuaban con alevosía y crueldad.
De cuando en cuando, entraban en poblado para repartir, a partes iguales, terror y limosnas con las que ganarse la fidelidad y el silencio de los débiles. Como fin de fiesta, acudían a la taberna y convidaban a los paisanos:
-Echa vino, montañés,
que lo paga Luis de Vargas.”
Así actúa el G-7. Los líderes de Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, Italia, Canadá y Japón se hacen pasar por patrióticos defensores ante las agresiones externas y aseguran que se ocupan de los más desfavorecidos.
Pero sólo son bandoleros.

El tonto del mercedes

Quienes hemos optado por dedicar parte de nuestras vacaciones a recorrer la vasta red de carreteras del Estado, hemos tenido la oportunidad de convivir con dos especímenes altamente nocivos para la salud de la sociedad que los alimenta: el responsable público que no es capaz de programar unas obras de manera que no perjudiquen a quienes las pagan, y el tonto del mercedes.
En principio, el tonto del mercedes es aquel tipo -o tipa- que, para presumir de estatus, incumple sistemáticamente las normas de convivencia. En su inmensa mayoría, están convencidos de que si mi tartana circula a sesenta kilómetros por hora, no es porque haya una señal de tráfico (habitualmente, amarilla por obra y efecto de la improvisación de algún individuo de la otra subespecie antes mencionada), sino porque mi vida -y mi hacienda- no dan más de sí.
Unos kilómetros más tarde, llegas a la conclusión -desde que todo son autovías, las carreteras pueden resultar muy aburridas- de que no hace falta tener carnet de conducir para ser un tonto-del-mercedes. Ni carnet, ni coche. A esta casta pertenecen los que entienden que las reglas sólo están dirigidas a los demás, aunque en ocasiones, y por inexplicable que parezca, ellos mismos hayan redactado las normas.
Me he encontrado con tontos-del-mercedes en la política, en las finanzas, en los clubes de fútbol, en los escenarios… y todos responden al mismo patrón: se desplazan a bordo de su poderío y según sus propias leyes, hasta que te divisan en el horizonte y te lanzan un grito con forma de ráfaga de luz: “-¡Aparta de ahí! ¿No ves que estás estorbando?”. Sospechan -y temen- que en el fenotipo del común de los mortales prevalece el rasgo dominante de invadir su espacio, ralentizar su marcha y ocupar su plaza, cuestionar sus decisiones, denunciar sus contradicciones y rechazar sus arbitrariedades.
Como casi todo ese parque móvil es prestado y con fecha de devolución, los usufructuantes dedican sus esfuerzos -y nuestros recursos- a negociar una prórroga (¡mira que cuesta bajarse!), un plan renove (siempre habrá otro mercedes en el que subirse) o una jubilación honrosa (una retirada a tiempo es una victoria sólo cuando es otro el que paga el puente de plata).
Y encima, cuando un día se estrellan, nos llevan a todos por delante.

Los mercados no existen

Nunca he sido partidario de las teorías conspiratorias, pero -desde hace un par de años para acá- no encuentro otra explicación a esta sarta de mentiras entre las que nos toca sobrevivir: todo es una gran farsa.
Cada vez estoy más convencido de que los mercados no existen. Un día, a alguien que buscaba argumentos para desmontar el estado del bienestar, se le ocurrió la gran trola, nos la contó y nos la creímos. “-Los mercados castigan el gasto público. Eliminemos los subsidios.”, “-Los mercados no confían en nuestra capacidad productiva a medio plazo. Aplacemos la edad de jubilación.”, “-Los mercados prefieren políticas estables. Cambiemos los gobiernos.” Y, claro, como no se puede luchar contra los mercados, sólo nos queda resignarnos, agachar la cabeza y confiar en que, al menos, el descabello sea certero.
Si te fijas, es la estrategia perfecta: en lugar de convencer al personal de la necesidad de sacrificio, les das tres datos y esperas que se convenzan solos. La primera fase del plan pasa por hacer creer a los pardillos que saben de lo que están hablando y que, a base de repetir ‘hipotecas subprime‘, ‘deuda soberana’, ‘stock options‘, ‘primas de riesgo’, ‘deflación’, ‘diferencial’, ‘bono alemán’… tenemos un máster en macroeconomía por la Universidad de Connecticut. La segunda fase consiste en sacar por la tele -en un periódico digital también sirve- a dirigentes, analistas y expertos advirtiendo de que, si hacemos X, pasará Y, y -para demostrarlo- lo hacen y pasa: elevan los tipos y baja el IPC, sube el gasoil y caen las emisiones, compran deuda y se reduce la prima… El colofón aparece -en varios idiomas, para mayor credibilidad- disfrazado de armaguedón anunciador del apocalipsis, que nos amenaza con la bancarrota, la intervención y el rescate.
Y, aunque se les olvida recordarnos que España tiene una larga experiencia en entradas y salidas de quiebras -que se lo digan a Felipe II y a su maniobra para no pagar a la banca Fugger las deudas de su padre-, aunque nos ocultan que nuestra economía no puede ser intervenida porque ya lo está desde nuestro ingreso en la Unión Europea y -sobre todo- en el euro, aunque no nos dicen que lo del rescate es un camelo (¿rescatar a quién y de qué?, además, no hay recursos suficientes…), a pesar de todo eso, ya han conseguido que voluntariamente humillemos la cerviz, descubramos el morrillo y aceptemos el sacrificio inevitable.
¡Qué invento, el de los mercados! Si no lo ha hecho alguien ya, habría que patentarlo.

Agur, Cajasur

De Cajasur el culebrón cesó.
Terminaron las especulaciones
cegados los oídos con cerones
cuando el Banco de España se reunió.

No valieron las recomendaciones,
ni se oyó el barritar del elefante.
No dejaron cantar la voz cantante,
ni contaron estrellas o galones.

Por mucho que sonara altisonante
la oferta de Unicaja era a la baja
y el bluf de Cajasol, una mortaja
(eso sí, de diseño y elegante).

No verán estos ojos la gran caja
que tú, Griñán, con obsesión anhelas.
No habrán de titilar aquellas velas
que el clérigo apagó sin ver la alhaja.

Mudará los bonetes en chapelas
en vez de una paloma, un txantxangorri.
Egun on, BBK. Ongi etorri.

Agur, Cajasur de mis entretelas.