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El día del padre

Cuando yo era pequeño, el 19 de marzo era el día de San José Obrero. A tan tierna edad, no alcanzaba a vislumbrar que aquella celebración no era sino el resultado de sumar el día de San José (el esposo de María) y el día de San José (el humilde obrero de Nazaret a quien Pío XII elevó a próvido guardián de los trabajadores).
Como el sumo pontífice tuvo la feliz ocurrencia de colocar la festividad de San José Obrero el 1 de mayo -y el régimen de la época (1955) no estaba por dar día libre en fecha tan señalada-, durante años, los currelas celebraron el día del Trabajo en marzo, bajo la advocación del divino consorte.
Luego llegó El Corte Inglés (antes Galerías Preciados) y se inventó el día del Padre. Los mayores recordarán cómo en enero nos regalaban una hucha de lata, para que fuéramos echando allí nuestros ahorrillos; después nos llevaban en autocar a la supertienda, abrían la alcancia -en presencia de un notario, casi- y nos invitaban a convertir las pesetillas en un digno presente filial (el cenicero de barro es una aportación posterior, coetánea del marco de macarrones del día de la Madre).
Yo, que seguía sin enterarme de la película, al ver escrito en mayúsculas ‘el Día del Padre’, perdí muchas horas de mi ocio infantil buscando un regalo con el que quedar bien ante el Altísimo, y preguntándome para qué querría el Creador un bote de litro de Varón Dandy.
Por fin un día -prefiero ocultar el momento exacto- advertí que la jornada festejaba el día de los padres, de todos los padres. Pero entonces mi desconcierto fue aún mayor: ¿a quién se le habría ocurrido elegir patrón de los padres a San José?
A mí se me ocurren treinta o cuarenta santos varones con mejor currículum -algunos aún viven- para ostentar tal distinción. Siempre he visto en San José a un abuelete -¿qué quieres? el de mi portal de belén tenía pinta de jubilado- intentando convencerse a sí mismo de que su joven y bella esposa había quedado encinta por la gracia -nunca mejor dicho- de Dios. La historia terminó el día en que leí lo del padre putativo -con perdón-. Pater putativus: persona que se tiene por padre de otro no siéndolo.
¡Qué curiosas las siglas -PP- con que los antiguos lectores de las sagradas escrituras abreviaron el nombre! Y qué curioso que ahora los modernos lectores de los evangelios y el PP, entre otros, traten de evitar que algunos padres -evidentemente, me refiero a los de las parejas homosexuales- reconozcan como propios a los hijos biológicos de sus cónyuges.
Por su culpa se quedarán sin cenicero.
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Luz, más luz

Nos dejó dicho Otilia, la nuera de Goethe, que las últimas palabras del escritor alemán fueron “-Mehr Licht, mehr Licht!”. Cumplidos 176 años de aquella escena, muchos siguen sin comprender ese llamamiento del filósofo, “-¡Luz, más luz!”, o lo que es peor, de entenderlo a su manera.
Ayer, 5 de diciembre, los cordobeses cumplimos con la tradición de reunirnos a la sombra de El Corte Inglés para ver cómo la alcaldesa encendía, como quien no quiere la cosa, centenares de miles de bombillas, las que dan forma a los 1.248 arcos luminosos que adornan 141 calles de la ciudad. “-¡Luz, más luz!”, que decía el otro. ¿Y qué si enviamos a la atmósfera casi trescientas toneladas de dióxido de carbono? ¿Qué más da? No ves que llenamos la ciudad de flores de pascua (y, además, esta vez las metemos en las fuentes: quien quiera pascueros que se moje el culo) ¿Y qué si llega una factura deSevillana de 78.000 euros? ¿Qué más da? No has oído que ha enviado ZP un aguinaldo de 10 mil millones de pesetas –euro arriba, euro abajo-. ¿Y qué si los ecologistas, el sentido común y cada vez más ciudadanos recomiendan unas navidades como las de antes, cuando las vacaciones, las celebraciones, los villancicos y las compras se concentraban en un par de semanas? ¡Sí, hombre! Todas las ciudades de alrededor encendidas como antorchas, y El Corte Inglés de Córdoba de velatorio… ¡No te digo!
-¡Luz, más luz!” y, para hacerle caso, ¿qué pocas luces muestran algunas y algunos cordobesas y cordobeses? Cordobesas y cordobeses que, cuando no se sientan en los asientos rojos de Capitulares, piensan de otra manera… o dicen que piensan de otra manera… o piden que se actúe de otra manera… Aquí me viene al pelo otra frase atribuida también a Goethe, “-Actuar es fácil, pensar es difícil. Actuar según se piensa es aún más difícil”, porque hay que ver qué poco se interesan nuestros mandamases en aplicar coherencia vía decreto. Un poner: en Alicante y en Santander, Izquierda Unida ha pedido al alcalde que retrase el encendido hasta el día 20 de diciembre; en Granada, hasta el día 21; en Vícar, hasta el 22. Algunos dirán que sólo lo hacen por fastidiar, por cultivar la sana costumbre de la oposición de meterle el dedo en el ojo al que preside los plenos, pero yo creo que no, que en esos lugares simplemente han preferido “actuar según se piensa”. No soy tan ingenuo, y no se me escapa que es bastante más cómodo realizar propuestas cuando se es consciente de que no serán publicadas en otro BOJA que en el de la entregada prensa local, pero -amigas y amigos, cordobesas y cordobeses- nadie dijo que esto de gobernar con criterio fuera fácil, y hay una larga fila de voluntarios dispuestos a intentarlo.
Como hoy me he levantado goethiano, cierro con otra frase del alemán: “-La inteligencia y el sentido común se abren paso con pocos artificios.”
Pues aquí, en mi pueblo, la única luz que nos ilumina es la de los fuegos artificiales.
PD.: Por cierto, el verdadero relato de la muerte de Johann Wolfgang von Goethe es bastante menos novelero:
A los 83 años, el escritor es un muerto en vida. Había enterrado a su mujer, Christiane Vulpius, dieciséis años antes, y, más recientemente, a su hijo, Augusto, y a la hija de éste; únicamente Otilia, la viuda de su hijo, le acompaña en sus últimas horas. En su delirio, Goethe pide a su nuera que abra las ventanas porque nota que se ahoga, que se extingue su existencia, y que se acerque al sillón en el que se siente morir.
-Hija, dame la manita” fueron, parece ser, sus verdaderas últimas palabras.