Etiquetado: José Antonio Griñán

Las elecciones del miedo

Las del próximo domingo son las elecciones del miedo. Las del miedo a perder.
En ellas, el PSOE se juega mucho más que el gobierno. Si las urnas le arrebatan el último fortín, la derrota arrastrará a cientos -quizás a miles- de puestos de trabajo (en su mayoría, altos cargos) poco o nada habituados a enviar currículums. Si el PSOE pierde estas elecciones, se avecinan días convulsos, de crueles luchas cainitas para conquistar los cada vez más exiguos reductos de poder.
El otrora todopoderoso partido socialista se ha ido desgarrando elección tras elección. Ha ido desalojando ayuntamientos y diputaciones, juntas de gobierno y consejos de administración. La formación que hace más de un siglo fundara Pablo Iglesias para revolucionar las estructuras del estado es hoy una máquina de gobernar aterrada ante la posibilidad del último desahucio.
También se lo juega todo el Partido Popular. Al menos el PP de Andalucía. Nunca ha tenido tan al alcance de la mano -y probablemente, nunca lo tendrá- rendir esta plaza, frente a un rival vencido en las encuestas, acosado en los tribunales, vapuleado en los periódicos y cuestionado en las calles; un sparring de brazos caídos que sólo aspira al combate nulo para pedir la revancha.
Y aún así, el Partido Popular podría perder este tren. Arenas, que lleva desde los treinta y tantos aspirando al cetro, es consciente de que no tiene más balas en la recámara y de que ha puesto toda la carne en el asador, pero también sabe que tras la noche en que la aritmética de las urnas le corone -esta vez, sí- campeón, puede despertar con el regusto amargo que en ocasiones dejan las ententes postelectorales.
Para el PP, el gobierno de la Junta de Andalucía es algo más que el paraíso prohibido. Igual que su conquista significaría un golpe moral del que sus oponentes tardarían años en recuperarse, un nuevo fracaso -como en Covadonga- insuflaría ánimos al rival exánime, aunque -como en Covadonga- la reconquista tenga que esperar. Además, el gobierno central confía en esta victoria para evitar cuatro años de inhóspita cohabitación, con un PSOE atrincherado -por voluntad propia- y radicalizado -por la de sus más que previsibles socios de gobierno-.
Los sesudos analistas aseguran que no hay lugar para la sorpresa y que el suelo electoral del Partido Popular supera holgadamente el peldaño de la mayoría absoluta. Pero, cuando se apagan los focos y se termina el posado, asoma en los rostros -de unos y de otros- el rictus del miedo.
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Agur, Cajasur

De Cajasur el culebrón cesó.
Terminaron las especulaciones
cegados los oídos con cerones
cuando el Banco de España se reunió.

No valieron las recomendaciones,
ni se oyó el barritar del elefante.
No dejaron cantar la voz cantante,
ni contaron estrellas o galones.

Por mucho que sonara altisonante
la oferta de Unicaja era a la baja
y el bluf de Cajasol, una mortaja
(eso sí, de diseño y elegante).

No verán estos ojos la gran caja
que tú, Griñán, con obsesión anhelas.
No habrán de titilar aquellas velas
que el clérigo apagó sin ver la alhaja.

Mudará los bonetes en chapelas
en vez de una paloma, un txantxangorri.
Egun on, BBK. Ongi etorri.

Agur, Cajasur de mis entretelas.

Las gafas de Rosa Aguilar

Acabo de darme cuenta. No es que Rosa Aguilar haya cambiado de chaqueta; ha cambiado de gafas.
Habitualmente, los políticos no se dejan fotografiar en situaciones incómodas: fumando, con un vaso en la mano, sudando, comiendo, discutiendo… e, incluso, en algunos casos, con gafas (lógicamente, en el caso de que puedan evitarlas). Supongo que será porque piensan que les hace parecer inferiores, imperfectos, humanos.
Lo de las gafas cambió, y ahora se utilizan como herramienta para resaltar la faceta intelectual (o, al menos, la lectora) del personaje. [Por cierto, que cada vez son más los políticos que se muestran sin pudor con un pitillo entre los dedos; ya hablaremos de eso].
Y en estas, aparecieron las gafas rosas de Rosa.


Estas fueron las gafas de dirigir plenos, vociferar en mítines y pronunciar pregones. Unas gafas alegres, modernas, atrevidas..
Pero como las cosas están para complicarlas, se ve que la ex había aprovechado la campaña dos-por-uno de Afflelou, y llevaba otro par en el bolso, con el agravante de que no sabía qué hacer con ellas.



Se dio cuenta de que, para estas gafas, necesitaba otro trabajo, y aceptó la llamada de Pepe Griñán. Ahora utiliza esta montura sobria, clásica… perfecta para consultar planos, expedientes y contratos. Ahora, que no tiene que dirigir plenos, vociferar en mítines ni pronunciar pregones ¿con qué se va a poner las gafas rosas?
Como me confieso culpable de cualquier delito de lesa elegancia que se me pudiera imputar, me reservo mi opinión sobre qué lentes le sientan mejor.
Me quedo con una imagen de hace años

en la que Rosa Aguilar nos mira a los ojos, limpiamente, directamente. Sin escuchar modas. Sin interponer cristales.