Etiquetado: Miguel Muñoz

El ciclo del Barça (y los catorce días de felicidad)

Peino demasiadas canas como para no haber aprendido que, estadísticamente, la vida te da más berrinches que alegrías. Cada buena nueva que llega -cuando llega- viene escoltada por tres o cuatro malas noticias, a cada éxito le preceden varios fracasos, cada obra de arte nace tras desechar un sinfín de bocetos.
Apelo a estas reflexiones con la única y sincera intención de levantar las orejas prematuramente gachas de mis correligionarios -¿qué es el fútbol, si no una religión?- culés. El fútbol sucumbe, como tantas otras cosas, cruel víctima de la memoria –“Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”– sometida por la amnesia que provocan un tiro al palo, un penalti injusto o un error de marca. Al igual que una victoria -por inmerecida que sea- despeja todas las nubes, la derrota es una borrasca que nubla la fama y el resplandor de las vitrinas (noblemente aprovisionadas).
El Barça no es un equipo de fútbol: es una filosofía. Sé que este es un argumento tan poco original como repetidamente denostado por los detractores del proyecto blaugrana, pero yo lo siento así. Muchos aficionados de camisa vieja embarcamos en el barcelonismo como muestra de rebeldía (y no hablo sólo de política) contra un orden establecido, contra un camino balizado que, de pequeños, nos sugería qué camiseta nos quedaría mejor y nos reportaría más satisfacciones. Crecimos a la sombra de una foto en blanco y negro de Miguel Muñoz fardando de copas. Nos salió la barba soportando páginas y más páginas de agravios en los periódicos, y horas de radio y televisión de aplausos y silencios mal repartidos. Oímos hasta la saciedad relatos de épicas remontadas, de hazañas y gestas en escenarios hostiles, y nos colmataron la paciencia a base de encendidas loas y alabanzas almibaradas.
Conocí a un madridista que presumía de haberlo presenciado todo (“-Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad en la Puerta de Tannhäuser… Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas de lluvia.”) pero descansa en paz -creo que está en un balneario-. Yo sí contaré a mis nietos lo que he vivido. Sin necesidad de repasar álbumes, recortes amarillos o el archivo del No-Do, yo podré presumir de haber visto jugar al mejor equipo de la historia, al único que lo ganó todo y convenció a todos, al único que doblegó al talonario y silenció la impertinencia de los micrófonos.
Hay quien hoy ahoga sus propias lágrimas con champán, confiado en que un par de victorias por la mínima eclipsen tantos chorreos y tantas humillaciones, esperanzado en que un par de títulos -si es que caen- pondrán de nuevo las cosas en su sitio (que gane quien tiene que ganar, que los árbitros ayuden a quienes tienen que ayudar, que pasee la bandera quien la tiene que pasear) y refugiado en el rácano y obtuso -y al final ésteril- resultadismo bajo el que esconder la inferioridad más notoria de la que se tiene noticias.
Ilusos. Ni esto se ha acabado ni, cuando se acabe (que algún día terminará) se va a olvidar. La pátina del tiempo relegará a Cristiano a mera -y musculosa- anécdota, hará del mouriñismo una gripe mal curada y recordará del postgalactismo lo poco que sobreviva al tsunami azul y rojo; mientras, en el otro platillo de la balanza, permanecerán registros insuperables, momentos irrepetibles, alineaciones inolvidables y sensaciones indescriptibles.
Abd-al-Rahman III dejó escrito en su diario: “-He reinado ahora por más de cincuenta años en la victoria o en la paz; amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riqueza y honores, poder y placer, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación, he anotado diligentemente los días de felicidad pura y genuina que me han tocado en suerte: suman catorce. Ni uno más, ni uno menos.”
Que cada cual cuente los suyos.
[Postdata: No me han llegado los permisos de Pablo Neruda, Ridley Scott y Ibn Idari para utilizar sus frases. En cuanto lleguen, los adjunto]
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Europe’s living a celebration

Cuando era pequeño, sólo empleaba la palabra “europa” en las conversaciones con temática musical (lo de eurovisión sí que era entonces un concurso en condiciones) o las discusiones deportivas (con Miguel Muñoz levantando sin hartazgo copas y más copas en blanco y negro). Luego todo cambió.
Europa -como referente de la democracia, la prosperidad, la libertad y el progreso- se convertía en el faro hacia el que enfilar nuestras proas y en el espejo al que intentar asomarnos. El objetivo parecía inabordable, inalcanzable el nivel de vida de los vecinos del norte,  inasumible el sacrificio de la convergencia… imposible llegar a ser como ellos. Hasta que de repente, un día nos despertamos europeos.
Unos nos aseguraban que nuestro paro estructural, nuestro déficit institucional, nuestro retraso industrial, nuestras riñas de vecindad se habían esfumado con la firma del tratado de adhesión. Y nos lo creímos.
En la orilla de enfrente, otros nos advertían de que la Unión Europea no era sino un gran bazar, un enorme cónclave de mercaderes a la búsqueda de nuevos consumidores. Nos avisaron de que, en lugar del pasaporte comunitario, nos estaban expidiendo una tarjeta de crédito. Y no nos lo quisimos creer.
Como escribió Hemingway, París era una fiesta. Como cantaron los triunfitos, en Europa todo es felicidad, y felices fuimos durante algunos años. Pronto nos habituamos a ir de compras al Soho y a pasar el puente en Berlín, a que el Banco Central Europeo redujera los tipos de interés y a que, por un euro, nos dieran dólar y pico. Aprendimos a beber chianti y a comer gouda sin sospechar que se nos terminaría atragantando.
En cuanto la crisis nos ha zarandeado, han salido a la luz nuestras vergüenzas (la insolidaridad y la ambición de las potencias centrales, las fullerías de las regiones mediterráneas, la falta de compromiso de los escépticos) hasta poner en cuestión esa condición de líder mundial de la que tanto habíamos presumido. Como aquel viejo hidalgo que ni en verano se quitaba la capa para esconder que había empeñado la camisa, estamos poniendo en riesgo -cuando no malvendiendo- nuestras más preciadas alhajas (el sistema sanitario, el modelo educativo, el marco de protección social) para convencer a Fitch, a Moody, a Standard y a Poor (que, como los mosqueteros, también son tres -o cuatro, según versiones- espadachines bravucones, pendencieros y vacilones) de que entregaremos los barcos (aunque no los bancos) antes de perder la honra.
Se terminó la fiesta en Europa. Ahora hay que fregar los platos, recoger el confeti y pedir la cuenta. Nos jubilaremos más viejos, co-pagaremos las medicinas y nuestros hijos, para aprender inglés, tendrán que volver a la Británica (o escuchar a Los Beatles, como hicimos nosotros). Renunciaremos al puente de la Inmaculada con tal de que el sistema financiero no se venga abajo y siga habiendo cash para pagar la luz del cuartelillo y el gasoil del camión de la basura.
¡Ah! y para que, a primeros de mes, les ingresen las nóminas a los europarlamentarios, diputados, senadores, parlamentarios autonómicos y concejales que siguen de perfil, denunciando que la culpa es del otro y prometiendo que, con ellos, aparecerá el arco iris. De fiesta, vamos.